Los remos de la bahía de Halong

Foto: Jose Félix Liébana

Si vas a Vietnam, debes ir a Halong. Y si vas a Halong, es probable que quien te lleve por sus cuevas y recovecos en una frágil barca de remos sea una diminuta mujer como la de la foto.

Un trabajo duro, cargando arriba y abajo el doble peso de los turistas, el físico y el cultural de esas personas desconocidas que vienen de un rincón del mundo con un nivel de confort y una capacidad adquisitiva que ella nunca podrá tener. 

Nuestro primer mundo, tan ingrato y maleducado que exige y apenas intenta entender a las personas y sus circunstancias. Como las de la mujer que rema, pero también las del adolescente al que regateamos unos céntimos por un souvenir o las de la muchacha que deja como los paños del oro la habitación de hotel. Tenemos mucho que aprender de otras latitudes.

Porque ellos, a pesar de todo, suelen ser amables y ser agradecidos. La barrera del idioma no es excusa. Siempre habrá un gesto, por pequeño que sea, con el que podamos hacer ver que valoramos su trabajo, una manera de agradecer que nos hagan el viaje más agradable. No seamos esa clase de turistas, porque hay algo que siempre funciona, y además es gratis: regalar una sonrisa.

 



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