El paisaje más increíble de Brasil: los Lençois Maranhenses

El paisaje más increíble de Brasil: los Lençois Maranhenses

Imagina un desierto con agua. No hablamos de un pequeño charco, ni de un oasis, sino de decenas y decenas de kilómetros de dunas en las que se suceden las lagunas de agua dulce; unas más grandes, otras más pequeñas, algunas en las que incluso prospera la vegetación y sobreviven algunos peces. Es un paisaje aparentemente inconcebible, pero que existe, y está en el nordeste de Brasil.

Es uno de los secretos mejor guardados de un país lleno de rincones por descubrir. Un paraíso natural que permanece casi virgen, aún al margen de las grandes rutas internacionales y del turismo de masas. Con los Lençois Maranhenses, que así es como se llaman, ocurre algo muy curioso: Desde que oyes hablar de ellos, no puedes sacártelos de la cabeza. Tienes que ir, verlo con tus propios ojos para comprobar que algo así es real.

Así que cuando te vas acercando a ellos te invade el temor a ser asaltado por la decepción, como pasa en tantos otros destinos imaginados previamente. Pero nada de eso ocurre. El paisaje que se despliega ante tus ojos es tan sublime que todos los adjetivos se quedan cortos: una extensión de desierto que penetra 50 kilómetros mar adentro, y se extiende por 70 de costa en un horizonte de dunas que llegan a alcanzar los 40 metros de altura, y que cada noche son movidas por el viento, cambiando la configuración del paisaje y convirtiendo cada visita en una experiencia única e irrepetible. Y aquí y allí, cientos de lagunas que se forman cada año en la época de lluvias y que aguardan para ayudar al viajero a refrescarse. Porque el calor aprieta, y mucho, en los Lençois. 

Cómo llegar

Para poder darse ese baño tan deseado hay que armarse de paciencia. Aunque las infraestructuras han mejorado mucho los últimos años, alcanzar Barreirinhas, la ciudad que sirve como base de operaciones para visitar la zona, es todavía una odisea.

El primer inconveniente es que llegar a São Luis, el aeropuerto más cercano. Desde Río o São Paulo nos llevará no menos de 6 u 8 horas, con una escala que normalmente se hace en Brasilia. 

Una vez allí, el transporte hasta Barreirinhas suele salir al alba, con lo que lo más probable es que tengamos que hacer noche en la capital y madrugar mucho para ser recogidos por un 4x4 que nos llevará más o menos cómodos en un trayecto de unas 4 horas. Si en lugar de 4x4 privado optamos por ir en van o en autobús, nos ahorremos unos reales a cambio de doblar las horas de viaje.

En cualquier caso, no nos podemos quejar, las carreteras ahora están asfaltadas. Hace apenas unos años no era así, del mismo modo que tampoco había electricidad en la gran mayoría de pueblos que vamos cruzando, y a los que ahora ha llegado "el progreso" en toda su amplitud: todo el mundo vive pendiente de su móvil y la actividad en los pueblos se detiene para ver en televisión la novela de las 9 de la noche.

Así que el viajero deberá tener en cuenta estos inconvenientes y planificar al menos dos días y una noche para alcanzar Barreirinhas desde el sur del país, y una vez allí solo quedará contratar el transporte al Parque Nacional, si no se ha hecho de forma previa.

Al acercarse al Parque Nacional, la vegetación va desapareciendo mientras se cruzan caminos de tierra y pequeños riachuelos.

Al acercarse al Parque Nacional, la vegetación va desapareciendo mientras se cruzan caminos de tierra y pequeños riachuelos.

El Parque Nacional de los Lençois Maranhenses

La manera más espectacular de apreciar en toda su extensión lo que suponen los Lençois es sobrevolarlos en avioneta. Pero los precios son elevados, así que los pobres mortales debemos conformarnos con llegar allí en unas camionetas abiertas que penetran en el desierto unos 10 kilómetros.

Durante el trayecto, los vehículos cruzan el río Preguiça en unas viejas barcazas, para luego seguir por tierra mientras el paisaje va cambiando y la vegetación desaparece poco a poco. A las puertas del Parque Nacional, toca descalzarse y subir una gran duna desde la cual se aprecia el final de la zona verde y el comienzo del desierto. Es la primera impresión del turista, que tendrá ante sí una línea perfecta que marca el límite de la zona donde la vegetación muere en la arena. Solo unos pasos después, vendrá el momento más impactante, cuando se alcancen las primeras lagunas. Después, llegará el baño.

La mayoría de las excursiones se realizan por la tarde, con salida tras la hora de comer (que en Brasil se adelanta a mediodía), y regreso tras haber disfrutado de la puesta del sol, tan increíble que merecería el viaje por sí sola. Será más que suficiente para llevarse una impresión de lo que son los Lençois y bañarse en sus principales lagoas, la Azul y la Bonita. Si se dispone de más días y un presupuesto holgado, es recomendable profundizar desierto adentro con excursiones de jornada completa.

Eso sí, independientemente de los días que se visite, no hay que olvidarse de dónde estamos: el calor aprieta y el viento sopla: siempre protección solar máxima y algo para cubrir la cabeza, junto a ropa ligera y, por supuesto, el bañador. El agua potable también es importante, pero los guías te ayudarán a conseguirlo.

El Parque Nacional se puede visitar todo el año. Aunque algunas lagunas no se llegan a secar, la mayoría se forma durante la época de lluvias, así que los mejores meses para la visita son de junio a septiembre, justo cuando termina. A partir de ahí, la mayoría de las lagunas irán poco a poco secándose y desapareciendo.

Otros lugares de interés en la zona

Próximo a los Lençois se encuentra el río Preguiças, que puede navegarse en una excursión de día en lancha rápida muy recomendable. Esconde varias sorpresas, empezando por otra fascinante zona de dunas conocida como “los pequeños Lençois”. Si seguimos el curso del río, llegaremos a Vassouras, donde se puede ver una colonia de monos en libertad, y después al poblado de Mandacarú, desde cuyo faro se obtienen una increíbles vistas de la desembocadura del río.

El final del trayecto es majestuoso: Caburé, una lengua de arena delimitada entre el océano Atlántico y el río, que permite cambiar de un baño fluvial a otro salado en apenas un par de minutos. Un lugar único, sin electricidad, y donde sobreviven un puñado de Pousadas y restaurantes en los que se puede disfrutar de sabrosos guisos de pescado o de una increíble puesta de sol caipirinha en mano.

Otro lugar interesante, a unas 4 horas hacia el este es el delta del río Parnaíba, un auténtico santuario ecológico. Es el único delta en mar abierto de las Américas y uno de los tres más grandes del mundo, ni más ni menos que junto al Nilo y al Mekong. Para poder recorrerlo con calma lo mejor es hacer noche en la ciudad de Parnaíba y contratar una excursión de día, navegando a lo largo de un paisaje de manglares y palmeras, y que termina al anochecer observando el regreso a sus nidos de unos aves de color rojo tan intenso que no parece real: Son los guarás, unas aves que adquieren ese tono en el plumaje por su alimentación basada en un tipo de cangrejo de la zona que posee un pigmento especial.

Aunque no lo parezca, Brasil es un gran desconocido. Más allá de la magia de Río de Janeiro o los colores de Salvador de Bahía, el extranjero apenas conoce un puñado de rincones de un territorio tan grande como un continente, y lleno de rincones maravillosos que merecen por sí solos el viaje. Si tienes la posibilidad de visitarlo, intenta hacer un hueco en tu ruta por el país a la zona nordeste del país: Una costa sin final, casi virgen y plagada de lugares únicos como los Lençois, Jericoacoara o Natal y que aún hoy está alejada del turismo masivo, al menos tal y como lo conocemos en Europa. Con gentes cálidas y genuinas, otro ritmo de vida y otros valores. Ten mucho cuidado: Brasil engancha.





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