Formentera: La vida fuera de temporada

Formentera: La vida fuera de temporada

La mayoría de las personas viajamos comprimidos en las mismas fechas, exprimiendo las vacaciones de verano, apurando puentes y fines de semana. Estamos tan acostumbrados a hacer colas en museos, seguir la manada por las calles y buscar encuadres imposibles en las fotos para que no salga gente, que es una sensación muy rara viajar en un ferry tan grande como éste que nos lleva camino de Formentera.

Somos apenas 10 pasajeros, pero estamos despidiendo el invierno, y esta temporada del año en esta isla es otra cosa: con la mayoría de los negocios aún cerrados, el tráfico es inexistente, y una sensación de calma y paz se apodera de ti en cuanto pisas tierra, amplificada por el buen clima con que fueron bendecidos en estas latitudes.

Estamos a 18 de marzo y algunos de los clásicos han abierto ya: el Blue Bar de la playa de Mitgorn lleva una semana en marcha, el Pirata Bus tiene las mesas llenas, el restaurante Es Arenals ha abierto todo el invierno de jueves a domingo. Otros están trabajando ahora para estar listos cuando llegue la marea, y abundan los botes de pintura, los andamios y las herramientas con la vista puesta en mayo (la Semana Santa no es temporada alta). Pero la mayoría de la infraestructura turística aún permanece cerrados a cal y canto, el Flipper&Chiller, Can Dani, y prácticamente todo lo demás: rentacars, restaurantes, bares y hasta una ciudad completa como Es Pujols; es tiempo de los locales, de vivir a otro ritmo.

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Junto a nuestro hotel un lugar nos suena familiar. Efectivamente, "Maricastaña Formentera" es una sucursal del restaurante madrileño de la Corredera Baja de San Pablo, y llevan abiertos un año ya en la isla. Desde la barra Miriam nos cuenta que están encantados con la experiencia, y que la vida aquí es...vida. De la buena. Es difícil describir la expresión con la que nos lo cuenta.

Nos lo confirman allá donde vayamos, solo hay que observar cómo brillan los ojos y se llenan al hablar de la isla en invierno. Los ofiusinos (que ese es el gentilicio) la comparten con un número cada vez mayor de personas que llegan atraídos por la paz y el equilibrio que transmite, sobre todo fuera de los meses de verano, cada vez más masivos, más ruidosos, y más parecidos a otros destinos turísticos.

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Porque el paraíso que es Formentera, en verano es menos paraíso: de mediados de junio a septiembre, se convierte en un lugar agitado, una hoguera de las vanidades con unos precios que lo hacen casi inaccesible para la mayoría de los mortales.

La isla no da más de sí: apenas 83 kms cuadrados de extensión, muchos de ellos protegidos, y a media hora de la capital de la fiesta mundial, Ibiza, con un clima maravilloso, y esas playas, esas aguas cristalinas, calmadas y únicas. La fama, que todo se lo lleva por delante, ha convertido Formentera en el blanco perfecto para la especulación que tantos otros lugares se ha cargado en nuestras costas.

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Por eso, se ha optado por imponer controles al crecimiento antes de que desaparezca por completo el encanto. Y aparentemente se está consiguiendo evitar la masificación: se han limitado las plazas hoteleras a 10.000, y en un recorrido a pie de carretera no se ven apenas construcciones nuevas. Se cuida mucho la estética, con casas bajas, encaladas y mucha madera, y no se encuentran horrores arquitectónicos llamativos.

Pero la contrapartida a esta protección es que los 70€ que nos ha costado una habitación en marzo se convierten en 300€ como mínimo en agosto, desayuno aparte. Si echamos un vistazo en Idealista encontramos apenas 55 propiedades a la venta en toda la isla, que empiezan a partir de 200.000€ por un piso de 27 m2, y llegan a los más de 5.000.000€ por algunas villas con una pequeña parcela. 

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Así que Formentera, ese antiguo refugio de piratas y de hippies, se ha convertido en el siglo XXI en uno de millonarios y vividores, en uno de esos juegos de espejo del tiempo que nos deja pensativos.

Pero no vamos a quejarnos. El común de los mortales, que no aspiramos a mansiones ni grandes barcos, nos conformamos con que aún podamos permitirnos viajar a esta isla fuera de temporada, convencidos de que además es la mejor época para visitarla. De hecho, en este mismo instante, en un ferry de vuelta tan desierto como a la ida, a 25º de temperatura, relajados y felices, ya hemos empezado a pensar en cuándo volver. Hasta entonces, nos quedarán los recuerdos, las fotos, y las sensaciones. Nosotros tenemos un truco para volver a Formentera siempre que queremos: cerramos los ojos y volvemos a vivir una de esas puestas de sol en Cap de Barbaria, o en Mitgorn, o en Ses Illetes. Os lo recomendamos, es gratis y nunca falla. 



Más info de Formentera en nuestra guía de la isla. ¡Recién actualizada!




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